Alzheimer ***

 

domingo, mayo 28, 2006

Descubren un mecanismo molecular que asocia los radicales libres con las enfermedades neurodegenerativas

Detener esta reacción química podría aplazar los efectos de la demencia en enfermedades como el Parkinson o el Alzheimer


Redacción, Madrid.- Investigadores del Instituto Burnham de Investigación Médica en La Jolla (Estados Unidos) han descubierto un mecanismo molecular que asocia los radicales libres con las enfermedades neurodegenerativas. Las conclusiones del estudio se publican en la revista Nature.

Según los científicos, los radicales libres que se acumulan en el cerebro de las personas mayores pueden conducir a demencias como las enfermedades de Parkinson y Alzheimer. Los investigadores han identificado una reacción química que podría conducir a la formación de aglomeraciones de proteína dañinas que reafirman estos trastornos, lo que permitiría el desarrollo de nuevos métodos para combatir dichas enfermedades.

La proteína disulfida isomerasa (PDI, según sus siglas en inglés) ayuda a las proteínas a plegarse de forma adecuada y evitar la formación de aglomeraciones dañinas de marañas de proteína en el cerebro.

Los científicos muestran que el funcionamiento de la PDI puede verse obstaculizado por la acumulación de un tipo de radicales libres, el óxido nítrico, que reacciona con el PDI y detiene su funcionamiento.

Los investigadores además mostraron que en pacientes con neurodegeneración, el PDI había sido inhibido por la sobreproducción de óxido nitrico, convirtiéndo a la proteína en ineficaz.

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lunes, mayo 15, 2006

La atención multidisciplinar mejora los síntomas de demencia en pacientes de Alzheimer

Los cuidadores de los enfermos también se beneficiaron de este tipo de asistencia, informando de mejorías significativas en su malestar psicológico


Redacción, Madrid.- En comparación con la atención habitual, los pacientes con enfermedad de Alzheimer que fueron tratados mediante una atención multidisciplinar tuvieron menos síntomas de conducta y psicológicos de demencia tras un año, y los cuidadores mostraron menores niveles de estrés y depresión, según un estudio de la Universidad de Indiana que se publica en Journal of the American Medical Association (JAMA).

Los científicos estudiaron la atención primaria a 153 pacientes que fueron asignados de forma aleatoria a dos grupos, uno de 84 pacientes, que recibió una atención médica multidisciplinar y otro de 69 pacientes que recibieron la atención médica habitual aunque intensificada. El estudio se llevó a cabo entre enero de 2002 y agosto de 2004.

Los pacientes del grupo que recibió una atención multidisciplinar fueron tratados bajo este sistema durante un año por un equipo dirigido por una enfermera que trabajaba con la familia que cuidaba al paciente e integrado dentro de la atención primaria.

El equipo utilizó los protocolos estándar para iniciar el tratamiento e identificar, controlar y tratar los síntomas psicológicos y de comportamiento de la demencia, incluyendo los protocolos para el cuidado personal, movilidad, alteraciones del sueño, depresión, agitación o agresividad, ilusiones o alucinaciones y la salud del personal. Los protocolos acentuaban la gestión de la enfermedad sin medicamentos.

En ambos grupos de la investigación la intervención mínima a cuidadores y pacientes incluía educación en habilidades de comunicación; habilidades de afrontamiento para el cuidador; asesoría legal y financiera; guías de ejercicio para el paciente; y un manual de orientaciones para el cuidador.

El cuidado habitual a un nivel más intenso incluía la administración a pacientes y cuidadores de materiales escritos e información que describía los recursos comunitarios y asesoramiento personal por una enfermera geriátrica.

Los investigadores descubrieron a través de varias encuestas que los pacientes que recibieron la intervención multidisciplinar tenían menores síntomas psicológicos y de comportamiento de la demencia a los 12 y 18 meses. Los cuidadores de este grupo también informaron de mejorías significativas en su malestar psicológico; a los 18 meses, los cuidadores mostraron una mejoría en los niveles de depresión. No se encontraron pruebas de que la intervención mejorara o empeorara la cognición, las actividades diarias o las tasas de movilización del personal de enfermería a sus hogares.

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La pérdida de memoria en la enfermedad de Alzheimer

El descubrimiento de un grupo de proteínas explica las causas íntimas de la pérdida de la memoria en enfermos de Alzheimer

Algunas enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer, y otras demencias que se asocian con el proceso de envejecimiento, mantienen en común la merma progresiva de facultades cognitivas y, en especial, de la memoria. El hallazgo reciente de un grupo de proteínas que actúa como desencadenante de características físicas propias de estas enfermedades, podría explicar por qué se pierde la memoria e intentar nuevas aproximaciones terapéuticas.

Capitaneando a un equipo de investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Minnesota, Veterans Administration Medical Center de Minneapolis, Universidad Johns Hopkins y Universidad de California, Karen H. Ashe dio cuenta el pasado marzo en la revista Nature de la identificación de un complejo proteínico implicado en la pérdida de memoria que subyace en los procesos de demencia.
El hallazgo, señala la investigadora, abre las puertas al ensayo de fármacos que modulen dicho complejo proteínico con la finalidad de prevenir la merma cognitiva y las lesiones cerebrales propias del envejecimiento.. Ashe asegura que la aparición de tratamientos eficaces contra la enfermedad de Alzheimer está al caer y que, de este modo, la investigación clínica podrá frenar la epidemia anunciada para las dos próximas décadas, en las que la cifra actual de enfermos de Alzheimer, cuatro millones y medio, podría llegar a triplicarse.

La implicación de las proteínas en la aparición y evolución de las demencias no es nada nuevo, pero el hallazgo de Ashe cambia algunos puntos de vista. Hasta la fecha se consideraba que la enfermedad de Alzheimer ocurría por la formación de placas cerebrales de proteína beta-amiloide y haces de proteína tau. La investigadora estadounidense, sin embargo, asegura que la enfermedad no se desencadena ni por las placas ni por los haces, sino que arranca antes de que las estructuras que la acompañan hagan aparición. Asimismo, achaca a una proteína beta-amiloide distinta de la de la presente en las placas la responsabilidad de desencadenar la pérdida de memoria antes incluso de que las neuronas inicien el proceso paulatino de degradación típico de la enfermedad de Alzheimer y las demás demencias.

¿Síntoma o enfermedad?



La demencia no se considera estrictamente una enfermedad. Los médicos suelen utilizar este término para designar un conjunto de síntomas que tienen por desencadenante una lesión cerebral. Los dementes presentan una capacidad intelectual trastornada, capaz de interferir en sus funciones cotidianas y en sus relaciones sociales. En resumidas cuentas, pierden la capacidad de resolver problemas o conflictos básicos, orientarse, retener memoria, prestar atención o mantener un cierto control emocional.

Lo más llamativo en estos trastornos son los cambios de personalidad y la adopción de conductas nuevas de agitación, delirio o alucinaciones.

Por más que la pérdida de memoria se identifique como el primer eslabón en el avance hacia la demencia, la merma no constituye por sí misma un rasgo diagnóstico definitivo. Para la clínica, no es posible hablar propiamente de demencia sin que concurran en un mismo paciente dos o más factores sintomáticos como, por ejemplo, desorientación espacial y pérdida de memoria, o dificultades en el habla y pérdida de control de las emociones.

El curso de la demencia tampoco debe asimilarse con ligereza al envejecimiento. Datos fisiopatológicos avalan que la destrucción neuronal en las demencias avanza a una velocidad muy superior a la que ocurre en un proceso normal de envejecimiento.

El deterioro cognitivo, en suma, no se equipara clínicamente a la demencia sin más, sino a una de sus múltiples formas específicas. La demencia cortical afecta a la corteza cerebral y suele expresarse con pérdida de memoria, dificultades en el lenguaje y conducta social trastornada. En la demencia subcortical aparecen cambios súbitos en las emociones y el movimiento, sumado también a ciertas dificultades en la retención de memoria. La demencia progresiva va restando habilidades cognitivas de forma sincopada, paulatinamente.

Además, la demencia puede ser tanto primaria (no resulta de otra enfermedad o trastorno) como secundaria (por lesión física). Por si fuera poco, determinados tipos de demencia encajan en más de alguna de estas clasificaciones. Por ejemplo, la enfermedad de Alzheimer se considera tanto una demencia progresiva como cortical.


Más allá de la vejez



Estudios realizados en algunas comunidades han hallado que casi la mitad de las personas de más de 85 años y presentan alguna forma de demencia. Aunque es muy común entre personas de muy avanzada edad, la demencia, insisten los neurólogos, no forma parte del proceso normal de envejecimiento. Se conocen casos de personas con más de cien años que no presentan ningún síntoma de demencia.

Por último, demencia senil y síndrome cerebral orgánico son otros dos términos utilizados frecuentemente para describir la demencia. El término síndrome cerebral orgánico remite en realidad a una serie de trastornos físicos (que no tienen un origen psiquiátrico) que disminuyen las funciones mentales.

Las investigaciones realizadas en las últimas tres décadas han servido a una mejor comprensión de las demencias, quién las adquiere y cómo afectan al cerebro. La investigación de campo comienza también a dar frutos, como innovaciones diagnósticas en forma de mejores técnicas, mejores tratamientos paliativos y hasta nuevas estrategias encaminadas a prevenir la enfermedad.


LA EXTRAÑA DEMENCIA DE AUGUSTA
La enfermedad de Alzheimer debe su nombre al médico alemán Alois Alzheimer, que en la primera década del siglo pasado, visitó a una paciente con una rara dolencia que rompía todos los esquemas. Se trataba de una mujer de unos cincuenta años, Augusta D., internada en el hospital donde visitaba Alzheimer por causa de un comportamiento extraño no encuadrable en ninguna definición de por entonces.
Según su familia, Augusta presentaba síntomas de pérdida de memoria y manifestaba un comportamiento de celos absolutamente irracional. Exhibía una incapacidad para orientarse, dentro incluso de su propia casa, y adoptaba el extraño hábito de esconder objetos. En la primera visita al doctor Alzheimer, la mujer fue incapaz de recordar el nombre de su esposo, ni el año en curso, ni cuánto tiempo llevaba en el hospital. Podía leer, pero no parecía comprender lo leído y le daba un énfasis inusual a las palabras cuando las leía en voz alta. De vez en cuando se agitaba, víctima aparentemente de alucinaciones o miedos irracionales.

Tras la muerte de Augusta D. En 1906, los médicos examinaron su cerebro y en su descripción indicaron que éste se había encogido con respecto al tamaño natural y presentaba extrañas aglutinaciones proteicas en forma de placas o enredos. Debido a que Augusta D. comenzó a presentar síntomas de “demencia senil” a una edad relativamente precoz, los doctores propusieron acuñar un término nuevo: enfermedad de Alzheimer.


Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

 

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sábado, mayo 13, 2006

Un grupo de investigadores descubre en ratones que las neuronas son capaces de producir apoliproteína E, una proteína asociada al Alzheimer

El estudio ha dado respuesta a una de las controversias que se han mantenido en los últimos años acerca de la enfermedad.


San Francisco (Estados Unidos), 13 Mayo 2006 (mpg/azprensa.com)

Una de las cuestiones que los investigadores de la enfermedad de Alzheimer llevan debatiendo durante largo tiempo acaba de ser esclarecida por científicos del Instituto Gladstone de Enfermedades Neurológicas, en San Francisco.
Utilizando un único modelo de ratones, el doctor Yadog Huang, del citado centro, y su equipo han probado que, bajo determinadas condiciones, las neuronas producen apoliproteína E.

También conocida como apoE, esta proteína transportadora del colesterol tiene tres formas comunes, una de las cuales, la apoE4, es el mayor factor de riesgo genético asociado al Alzheimer, según diversos estudios publicado en todo el mundo en los últimos años.

Hasta ahora, muchos investigadores han creído que apoE es sintetizada en el cerebro solamente en algunas células como los astrocitos, las microglias y la capa ependimaria de las células.

Una de las dudas científicas en las últimas décadas ha sido si las neuronas son capaces de producir apoE. Ahora el estudio de Gladstone, publicado en el último número de la Revista Neuroscience, demuestra que las neuronas también producen apoE, pero sólo en respuesta a los daños cerebrales. Este descubrimiento puede ser una paso importante en la investigación de las enfermedades neurodegenerativas asociadas a la apoE.

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jueves, mayo 11, 2006

Memantina previene el empeoramiento clínico de los síntomas de las enfermedad de Alzheimer

Redacción, Madrid.- Nuevos resultados presentados en el Simposium Internacional de Ginebra/Springfield sobre Avances en la Terapia de Alzheimer demuestran la efectividad de memantina en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer (EA) de moderada a grave. Memantina demostró beneficio en la funcionalidad, la función cognitiva y la respuesta global en los pacientes que padecen EA de moderada a grave, y previno de manera clínicamente significativa el empeoramiento de los síntomas comparado con placebo. La prevención de éste puede considerarse un claro objetivo clínico del tratamiento frente a la progresión de esta enfermedad neurodegenerativa.

En el meta-análisis de seis estudios en fase III controlados con placebo de 6 meses de duración con 1.826 pacientes diagnosticados de EA de moderada a grave (MMSE < 20 basal) se demostró un beneficio estadísticamente significativo a favor del tratamiento con memantina en las áreas principales (funcionalidad, cognición y respuesta global) comparado con placebo.

Análisis adicionales fueron realizados para estudiar el empeoramiento clínico; los resultados demostraron que el doble de pacientes tratados con placebo presentaron un “Marcado Empeoramiento Clínico” comparado con el grupo de pacientes tratados con memantina.

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jueves, mayo 04, 2006

Efectos del aluminio sobre la salud

La posibilidad de que el aluminio pueda tener alguna relación con el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer, hasta ahora descartada por falta de evidencias, se ha vuelto a plantear seriamente con un trabajo publicado en la revista Journal of Neurology, Neurosurgery and Psychiatry. El trabajo recoge los resultados de la autopsia de una mujer británica, Carole Cross, fallecida con 58 años y que sufría una forma muy poco habitual de Alzheimer, con demencia progresiva muy rápida y desenlace fatal.

La autopsia realizada a la mujer reveló elevadas concentraciones de aluminio en todas las regiones del cerebro afectadas por esa variante de Alzheimer. Lo que llama la atención del caso es que Carole Cross fue una de las 20.000 personas afectadas por la contaminación accidental por aluminio en Camelford, Inglaterra. Fue en junio de 1988. El servicio de aguas de la localidad recibió una cisterna con 20 toneladas de sulfato de aluminio, que debían ser usadas en el depósito de una de las etapas previas de tratamiento y que se vertieron por error en las canalizaciones donde estaba el agua potable destinada a la población. Durante cinco días el agua de grifo tuvo concentraciones de aluminio muy por encima de lo normal, quizá de hasta 600 ppm (partes por millón), cuando lo habitual son 0,05 ppm. Los habitantes sufrieron náuseas, cefaleas, diarrea, vómitos y úlceras en la piel, entre otros síntomas.

Los autores del trabajo, Christopher Exley, químico de la Universidad de Keele, y Margaret Esiri, neuróloga de la Universidad de Oxford, apuntan que no pueden saber si el aluminio ha sido la causa del Alzheimer pero sí saben que la mujer afectada no tiene antecedentes familiares de demencia. El aluminio, dicen los autores, está relacionado con el desarrollo de algunas formas de demencia. Así se ha visto con pacientes que viven en zonas donde el agua tiene concentraciones altas de aluminio y a la que han estado expuestos toda su vida. Pero la relación entre Alzheimer y aluminio es más controvertida.

«A menudo se halla aluminio en los pliegues de una proteína deformada que es característica del Alzheimer, pero no existe una evidencia fuerte que muestre su implicación en la aparición de la enfermedad», dice Daniel Perl, neuropatólogo del Hospital Mount Sinai de Nueva York que firma la editorial de la revista. Se sabe que hay factores genéticos que determinarán una mayor predisposición a desarrollar la enfermedad y factores ambientales que desencadenarrán el proceso. ¿Es el aluminio uno de esos factores ambientales? Esto es lo que hasta ahora no se ha podido responder. Si aparecen más casos entre las 20.000 personas expuestas, dice Perl, entonces las implicaciones serán extremadamente importantes. «El tiempo lo dirá».

La dieta como principal vía de exposición

La incógnita que se plantean los autores con este trabajo no es si el aluminio es un desencadenante de la enfermedad sino hasta qué punto se puede comparar un caso extremo como este, debido a una contaminación puntual en cantidades elevadísimas, con la exposición crónica a pequeñas dosis de aluminio a través de la dieta. ¿Son preocupantes las dosis de aluminio ingeridas? Hasta ahora todos los datos apuntan a que no. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), un adulto medio toma, a través de la comida, unos cinco miligramos diarios de aluminio.

La comida es la principal vía de exposición y, al contrario de lo que pueda pensarse, el agua no aportaría grandes cantidades de este metal: con concentraciones de 0,1 miligramos por litro en el agua de grifo, sólo supondría el 4% de la ingesta total de aluminio. Estudios en diferentes países han mostrado consumos medios totales de aluminio de entre cuatro miligramos, en los casos de menor consumo (como Japón o Australia), hasta 11 miligramos, en el otro extremo (Alemania). Siempre por debajo de la ingesta máxima tolerable establecida por el Comité Mixto FAO/OMS de Expertos en Aditivos Alimentarios (JEFCA), que está en siete miligramos por kilo de peso, lo equivalente a 60 miligramos diarios para una persona de 60 kilos.

El aluminio es uno de los metales más abundantes en el planeta, de forma que muchos vegetales lo han acumulado de forma natural. Patatas, espinacas o té son productos que tienen altos niveles de aluminio natural. Alimentos procesados que incorporan aditivos con aluminio, como el fosfato ácido de aluminio y sodio, usado en harinas preparadas también suponen un aporte importante de este compuesto. Pueden haber casos de consumos más elevados, advierte la OMS, en personas que toman habitualmente antiácidos y analgésicos que contengan este compuesto, lo que puede elevar la ingesta de aluminio hasta cinco gramos diarios.

Otra vía de exposición es a través de los utensilios de cocina de aluminio, aunque los expertos advierten que el aluminio está en forma insoluble y la cantidad que aportarían es tan pequeña que apenas tendría impacto en el consumo total. Eso sí, siempre y cuando no se cocinen alimentos como tomate o ruibarbo, con ácidos que disuelven la capa superficial de óxido metálico.


MAYOR APORTE DE ALUMINIO EN LA DIETA

Hasta ahora se ha considerado que el aluminio, en las cantidades que se toma, es un compuesto relativamente inocuo. De confirmarse nuevos resultados similares al trabajo de los británicos Christopher Exley y Margaret Esiri, y de confirmarse que el consumo crónico tiene consecuencias, podrían replantearse nuevas vías de prevención a través de la limitación de su consumo. Un consumo que hasta ahora se ha calculado que es bajo. Sin embargo, un trabajo publicado ahora hace un año, en la revista Food Additives and Contaminants cuestionaba que realmente fuera así.
Los autores, S.M Saiyed y R.A. Yokel, de la Universidad de Kentucky (EEUU) afirmaban que muchos productos contienen una cantidad de aluminio significativamente mayor si se compara con las cifras de consumo tópico que dan muchos estudios y que están entre 3 y 12 miligramos diarios. Por ejemplo, explicaban, el queso en una ración de pizza congelada contiene hasta 14 miligramos de aluminio (por el aditivo fosfato de sodio y aluminio), cuando en un restaurante el queso de una ración de pizza tendría 0,03-0,09 miligramos de aluminio.

El fosfato ácido de aluminio y sodio, que se usa en harinas preparadas, está presente en numerosos productos de bollería y similares. Algunos de estos productos de bollería y congelados incorporan las cantidades más elevadas: hasta 180 miligramos de aluminio por ración, advierten los investigadores americanos.



Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

 

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